En el balcón su lugar preferido el espera el atardecer.
Solo el paisaje y él y un murmullo permanente, el sonar del río.
Que cada vez se hacía más intenso, comenzó a vislumbrar unas
ramitas.
El agua clara se transformó en turbia.
El cielo se coloreó de un gris plomizo y las nubes no
querían descender.
Unas ráfagas comenzaron a jugar entre las copas de los
árboles y se tornaron cada vez más frías.
Los graznidos de los teros se hacían presentes en el ritual
diario que tanto le fascinaba.
Lo llevaban a regiones remotas de su infancia, a su casa
paterna donde el tero era el vigía
Permanente.
Todo se iba silenciando. Era la hora de la oración, del
misterio de la vida.
Se preguntaba que viene después de tanta ausencia, tanto
dolor.
¿Para qué vivir?, ¿Qué espera para sí y para los que ama?
La lluvia no se hizo esperar y sus pensamientos quedaron
truncos por el trueno ensordecedor.
El viento arrasaba los ligustros plantados con amor.
Su lugar se inundó y tuvo que refugiarse.
Todo quedo en penumbras y solo para ver su ser, su rostro
grabado en sus íntimas preguntas,
Estériles, muertas, quiso quedarse en medio de la nada.
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