Lo encontré perturbado y esquivo.
Había llegado a casa de improviso y escuché que discutía con
alguien.
Ví que estaba Pedro.
Sólo observé y esperé que pasara un tiempo prudencial. Me
acerqué a su cuarto sin saber bien qué hacer. Pregunté que había pasado y me
dijo nada. Como siempre. Hasta que de golpe se le
escapó un sollozo , más bien parecía un aullido del mas
allá. Me sentí absurdo, anonadado por haber interrumpido su soledad. Me quedé a
su lado, le imploré que se calmara, que no llorara,
que no me gustaba verlo en ese estado.
Pregunté qué habían hablado y no supo que responderme.
Era tan grande su dolor que ya no recordaba nada
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