Intentaba estar enamorado de Adelaida. Era el mandato de sus padres.
Una señorita bien, buenos modales, familia aristócrata y como si fuera poco, con muy buen pasar.
Ya era hora de concretar, se le había tornado rutina traspasar el puente levadizo que la conducía a ella.
Luego de tantas tardes acumuladas de visitas, de caminar por los mismos senderos, a la misma hora, ya podía hacer con los ojos cerrados.
Una tarde otoñal, aplastando la hojarazca que llora, volviendo cabizbajo y pensativo a su hogar, lo sedujo una melodía especial.
Quedó encantado, emocionado. Hacía tanto que la monotonía no lo abandonaba!
Levantó su vista y pudo entrever a través de la ventana a una mujer sensual tocando el piano.
Quedó paralizado y supo en ése momento que algo del otro mundo lo ligaba a ésa mujer.
Fue como una sombra del más allá que se le ofrendaba.
Desde ése instante su vida cambió y sólo era feliz al pasar frente a ésa ventana, descascarada, descolorida, desarmada pero llena de vida.
En un arrojo de audacia tocó la puerta. Nadie respondió.
Al día siguiente hizo lo mismo. Fue en vano.
Le preguntó a los vecinos por la dama del piano.
Los mismos asombrados, con las palabras en los ojos, le dijeron:
!señor, hace más de tres generaciones que la casa está abandonada!
Quedó estupefacto y se sumió en un sopor de muerte.